RELATO SOBRE MIS INICIOS EN LA ESCRITURA
Creo que todo empezó con mi curiosidad por las libretas y
agendas. Cada vez que iba con mis papás a desayunar a Sanborn’s, recuerdo que me embobaba viendo todos los diarios y
cuadernos que tenían ahí hasta que un día que cumplí siete años pedí que me
regalaran uno.
Era un diario muy chiquito y venía con una llavecita.
Jimena, mi mejor amiga de aquella época, me explicó que todo lo que uno escribe
ahí es secreto y por eso debe quedar resguardado con todo y candado. Me
emocioné muchísimo y a partir de ahí escribí lo que se me ocurría. Así sin más.
Por ejemplo, cada vez que me enojaba con mi hermana, el
primero en saberlo era el diario. Además, era muy chistoso porque escribía en
frente de toda mi familia recalcándoles que nunca podrían saber la información
de ellos en el diario porque era ULTRASECRETO. Obviamente la única en enojarse
era mi hermana porque a mis papás les valía un comino.
Y así fui llenando páginas con cosas absurdas y chistosas. Disfrutaba
mucho decidir quién podía leerlo y escuchar mis tonterías en voz alta. Moría de
pena y, después con los años, de risa. Había días también en los que no sabía
que escribir, y entonces ponía cosas como mi cita con el dentista o mis clases
de natación. Después de un tiempo, dejé de escribir. Pasaron como cinco años y
reinicié mi hábito redactando todo a detalle sobre mi primer novio del curso de
verano. A la fecha, conservo esas páginas y no paro de reír al leerlas porque
realmente creía que a los 12 era “100% amor mi relación con Jorge”. ¡Qué risa!
Después en las clases disfrutaba mucho los exámenes de
Composición donde tenía que contar historias y siempre tenía que pedirle a la
maestra más hojas para mis grandes dramas. Luego entré a la preparatoria y mi
maestra de Lengua Española realmente me hizo ver que escribir es un trabajo
mental, emocional y racional. Leía mis ensayos en frente de la clase y ella
señalaba todos los errores de gramática. Fue ahí que inició mi obsesión con la
ortografía y todas esas cosas.
En la universidad, escribir fue la principal herramienta de
mi carrera y ahí los maestros eran unos hijos de la fregada, pero les agradezco
toda esa vergüenza que me hicieron pasar destrozando mis textos. Me volví mucho
más cuidadosa.
En conclusión, creo que ya no imagino ser Carmen si no
escribo. Lo supe desde los siete años con mi diario, con ese alivio de
transformar emociones en oraciones estructuradas. En fin, escribir para mí
siempre será un compromiso emocional y conmigo misma.
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