La noche que perdí 11 mil pesos
Era un día de lo más común: con
poco dinero. Nunca me ha sobrado y siempre siento que no tengo. Aunque me den
aumentos en el trabajo, soy muy mala para mi disciplina financiera y nunca
logro administrarlo bien, pero ese día me comporté como si mi sueldo tuviera seis ceros de más.
Fue un domingo por la noche. Sólo
quería ir al súper para comprar la despensa de la semana porque estaba
dispuesta a iniciar el régimen alimenticio clásico de los lunes. Pero estaba
recién casada y me acababan de pagar la quincena. Era la coyuntura ideal para
hacer estupideces por exceso de euforia.
¿Quién podría perder 11 mil pesos
yendo al Superama? ¿Qué tentación se puede cruzar en el pasillo del atún o en
la sección de las verduras? Por supuesto que ninguna. Fue el cúmulo de malas
decisiones en el estacionamiento lo que hizo colapsar mi cartera.
Aquel día, con la lista del mandado grabada en mi mente, sólo me urgía encontrar un lugar rápido para dejar el
coche. Iba con mi esposo Antonio y no teníamos ganas de pasar las últimas horas
del fin de semana comprando la despensa. Y obviamente no ocurrió así, ya que
pasamos las últimas horas contando centavos para sobrevivir la quincena.
La primera mala decisión de ese
día se llama Gabriel. Se nos acercó en el estacionamiento y nos ofreció ir a
una expo sobre carros donde nos ofrecerían regalitos. Así tal cual: “regalitos”.
Aunque parezca raro, había varios
stands dentro del estacionamiento y lo único temático de carros era el título: Auto zone. Caímos redonditos y entramos.
Lo primero que vimos fue una ruleta, una mesa de futbolito y lo que después se
convirtió en nuestra perdición. La manzana del Edén.
Era un juego muy sencillo. El
objetivo era aventar 6 canicas que caían en un tablero con números. Se hacía la
suma de éstos y la meta era llegar a 100. Muy sencillo. Si lo lograbas te daban
7 mil pesos. Si tu suma era de 28 en un turno, te duplicaban la ganancia, pero
también duplicaban el costo de aventar las canicas.
Además, también había números
rojos, los cuales restaban tu puntuación, pero si sumabas 28 se nulificaba esa
acción. De los 7 mil pesos del premio
inicial, se acumuló a 100 mil, ya que a cada ratito sumábamos los 28, pero el precio por tirar canicas fue subiendo y
subiendo hasta que me di cuenta que ya no tenía ni un centavo en mi cuenta.
Nuestro total fue de 90. Sólo
faltaban 10 para lograr la meta y ganar poquito más de 100 mil pesos, pero nos
quedamos sin dinero porque en menos de 10 minutos perdimos 11 mil pesos. En esos momentos, sentí mi cuerpo helado y la
sangre caliente de tanta rabia, vergüenza e incredulidad.
Desde siempre he sabido que es
más probable conocer a Santa Claus a que alguien regale 100 mil pesos, pero me
cegué, me ilusioné y me atonté. Los verbos que más odio conjugar en pretérito.
La despensa la pagamos con la
tarjeta de crédito, aquella que sólo es para emergencias. Y en los pasillos del
supermercado me daba pena ver a la gente porque estaba segura que se iban a dar
cuenta de lo tontos que habíamos sido.
Quería llorar, pero no podía. En vez
de comprar las verduras , ensalada, fruta y atún para la dieta, terminamos
comprando helado de chocolate para consolarnos.
Fue nuestra primera mala experiencia de casados. Eso fue lo
único que hizo más llevadera la situación. Tenía al mejor cómplice del mundo y
comprobé una vez más que todo estoy dispuesta a perder menos a él.
Suena cursi y clásico. Lo sé. Pero si así pasó, la hoja en
blanco me obliga a relatarlo tal cual.
El lunes siguiente no conté nada a pesar de que adoro
relatar mis experiencias, pero fue tanta mi vergüenza que preferí el silencio.
Es hasta hoy que quise hacerlo, pero de una manera cobarde: frente a una
computadora y sin dar la cara.
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