Crónica de un melate
Martín asistió al cumpleaños número 50 de su mejor amigo. Todo fue diferente por primera vez porque nadie le quitó la vista de encima, y hasta se rieron de sus chistes. Por sorpresa, no se incomodó. Supo por qué lo veían y le agradaba esa sensación.
Habían más de 40 personas en un espacio disponible para 20. La mayoría era del sexo masculino y todos, sin excepción, sostenían un vaso: el típico de diez onzas. Martín bebía cognac, pues él lo había comprado y regalado a su mejor amigo. A diferencia de todos, el vaso de Martín era el más lleno porque no paraba de hablar, y nadie lo quería callar. Estaban muy atentos a la anécdota que relataba.
En 2008, con un léxico muy pobre, Martín, en la fiesta, verbalizaba, gesticulaba y platicaba qué se sentía vivir el sueño de varias personas: ganarse el Melate. ¿Qué pasaría si de la noche a la mañana nos ganáramos 22 millones de pesos? Cualquiera pensaría que la felicidad vendría inmediatamente, pero en la cabeza de Martín ya sólo hay cuentas: cinco millones para la parroquia del Espíritu Santo, cinco millones para la cuñada, cinco millones para la BMW.
Hoy,a tres años después del golpe de suerte, su mejor amigo sigue con él, pero ya no están las 40 personas escuchándolo. Sólo estoy yo. Resulta un poco difícil porque de todo quiere hacer un chiste. Noté inmediatamente que la sonrisa “permanente” se había borrado de sus labios. Esa frescura que lo había caracterizado en la fiesta está ausente.
De repente, mi visión se nubla y aparezco en el mes de diciembre del 2006. Su relato me transporta a aquella fecha y lugar: su cuarto de estudio. Hay más de mil papeletas de Melate alineadas y acomodadas en el suelo. Es imposible caminar. Agachado y con sus lentes veo a Martín, y está muy nervioso. No está solo, también hay nueve amigos más quienes, con poco nerviosismo, buscan una papeleta en específico.
--¡Rápido! Tenemos que encontrarla. A huevo que debe estar aquí. –dice Martín con voz temblorosa.
--¡Cálmate! No te estreses, tenemos todo el día. Además, te dan tres meses de prórroga para reclamar el premio. –contestó El Gordo.
Martín es aficionado de jugar ProGol cada semana. Invierte más de 20 mil pesos porque, según él, es redituable. Sin embargo, ese día buscaba desesperadamente la papeleta de Melate. Fue una casualidad, una acumulación de segundos críticos la que llevó a Martín a jugar el Melate el segundo domingo de diciembre del 2006.
--Siempre voy a jugar a la misma tiendita. Soy fiel a ella. La semana anterior yo había apostado Progol. Regresé una hora más tarde con 20 mil pesos para apostar más, pero la señora que atiende me recomendó apostar en Melate y no me negué.
El jueves, con periódico en mano, buscando los resultados de Progol Martín vio una esquela que decía lo siguiente: ¡Felicidades, Iztapalapa, por el premio de 22 millones de pesos! Era de Melate. Su corazón se aceleró, sudó frío, sus manos temblaron, y subió a su recámara por las papeletas. Marcó varios números telefónicos. En esta misión no podía estar solo, requería de sus amigos para afrontarlo.
Ernesto, un amigo cercano a él, dice que Martín no controló la ansiedad. Su mayor error fue haber llamado a tanta gente para ayudarlo.
Llegaron los amigos y acomodaron las papeletas en el cuarto de estudio. Por varios minutos, nadie habla. Martín los apresura. Nuevamente estoy ahí por las palabras de éste. Todos buscan con paciencia, pasan dos horas, no pasa nada.
El Gordo la encontró. Martín corrió por el periódico, cotejó, volteó, cotejó y volteó. Repitió esto nueve veces para no errar. “No quería ilusionarme en vano”, dice.
Al día siguiente, fue a Pronósticos, en Insurgentes Sur, al lado de un Starbucks. Cuenta que se sentía muy contento, pero tenía miedo. Llegó a recepción, explicó su envidiada situación y el rostro de los empleados cambió. Las caras apáticas sonrieron y la amabilidad se remarcó más.
Entró a un cuarto donde había una computadora. Le pidieron el famoso boleto. Para cotejarlo, lo introdujeron en una máquina parecida a las que usan las tiendas que venden Melate y una feliz melodía sonó por todo el lugar: había nacido un millonario.
Martín creyó que le darían el dinero en un maletín y que le darían seguridad privada, pero no fue así. Sólo requería de una cuenta bancaria para hacer el depósito electrónico. Él no contaba con tarjeta de débito ni de crédito. Se regresó a la casa por su mamá, ella sí tenía. En el camino casi choca varias veces, pero todo salió bien. “Gracias a Dios”, como él mismo lo dice.
Mientras electrónicamente Martín se volvía millonario, los famosos 9 amigos que le ayudaron a encontrar el boleto ganador, hicieron el trabajo de pregoneros. Anunciaron a toda la colonia Unidad Modelo que Martín, el señor de los malos chistes; el peor alumno de la secundaria; el borracho frecuente, y el más fiel a la religión, se había ganado 22 millones de pesos.
En su primer día como millonario, Martín tuvo 12 visitas y más de 30 llamadas telefónicas. Todas eran para felicitarlo y pedirle dinero. Su cuñada llegó llorando porque tenías deudas “muy, pero muy fuertes” y prometió pagarle en cuanto pudiera. Los primero cinco millones de pesos del gran premio fueron invertidos en ella. Siguieron los carros BMW, los viajes, las mujeres, el alcohol, los choques y los gastos.
La tiendita donde compró las papeletas también recibió parte del premio. Pronósticos da un porcentaje (no del dinero de Martín) al lugar que dé el premio de primer lugar.
En el cumpleaños de su mejor amigo, todavía era millonario. Le quedaban once millones; es decir, se había gastado en tres meses la mitad de su premio, cada mes había consumido aproximadamente tres millones de pesos. Las 40 personas oían con atención a Martín, pero ya nadie se reía de sus chistes, todo volvió a ser como antes. Se despidió de todos de beso y abrazo. Al marcharse, las 40 personas lo criticaron porque ¿cómo era posible que se había gastado la mitad de su dinero?
Los de Pronósticos, al conocer que Martín había ganado, enviaron a un empleado a su casa. Tenía como objetivo darle cajas llenas de papeletas para que no se tomara la molestia de ir hasta la tienda.
Ernesto dice que el alcohol le consumió el raciocinio. Era millonario, pero “estúpido”. Meses después de haber gastado 20 millones de pesos, Martín ganó cuatro veces más 30 mil pesos en papeletas de Progol; tres veces más 20 mil pesos en Melate, y una vez más 30 millones de pesos.
Al enterarse de eso, sus amigos volvieron a hacer fila afuera de su casa. Esta vez, la cuñada no le pidió dinero. Le incrementó el sueldo a la señora que le limpia la casa, ahora le da 10 mil pesos mensuales. La iglesia es la recibe más de sus ganancias. Acude a misa tres veces a la semana. Ernesto dice que tal vez es por la gran culpa que tiene, ¿de qué? No sabe.
Martín se gastó en un año toda su ganancia. “Imagínate, todo estaba a mi alcance, todo lo que una persona de clase media anhela. Lo tuve en un parpadeo y lo perdí muy rápido. Sin embargo, pienso que así estoy más tranquilo. Sé con quién puedo contar realmente”, dice con una mirada desviada de la mía.
--¿Sigues jugando cada semana? –pregunto.
--Sí, por supuesto, de eso trato de vivir. Es una pequeña inversión. –contesta seguro de sí mismo.
--¿Te consideras una persona feliz?
Se ríe mucho al oír mi pregunta. No la contesta, me cambia el tema a futbol. Me cuesta traer la conversación nuevamente, pero le vuelvo a preguntar y dice un “no me quejo”.
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